Las 4 Trampas

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En anteriores artículos me he hecho estas preguntas repetidamente: ¿Qué está cambiando realmente?, ¿Por qué el PP pese a la corrupción y al incumplimiento de sus compromisos, sigue siendo  la formación política con más expectativas de votos?, ¿Por qué un Partido como Podemos consigue arrasar sencillamente estando “en contra de”?, ¿Por qué Izquierda Unida pese a su demostrado compromiso con sus ideas y coherente con sus principios se está yendo al garete?, ¿Por qué el PSOE sigue ofreciendo futuro, sin conseguir demostrar que es capaz de crear un presente?

Son preguntas inquietantes, y que todos, de una forma u otra, nos hacemos, ¿Qué está pasando en la política de nuestro país?

He aprovechado  para reflexionar e intentar encontrar algo que nos aproxime a las respuestas. Mis conclusiones las comparto hoy con vosotros, amigos lectores, con la idea de que sean origen de un debate y, especialmente, motivo de reflexión para hacer que todos nos sintamos protagonistas del cambio que deseamos, buscamos y España precisa.

En definitiva mi reflexión me lleva a que hay cuatro trampas en las que estamos cayendo, y que solo si somos capaces de esquivarlas, de no caer en ellas, podremos no solo iniciar un proceso de cambio, sino sentirnos nosotros mismos protagonistas del mismo.

Creo que las cuatro son igual de importantes, y como digo más adelante, están interrelacionadas entre sí. Es decir: son  consecuencia una de las otras.

 Es más: muy probablemente, la que desarrollo en primer lugar, sea la consecuencia de las otras tres, pero en este caso el orden no cambia el fondo, porque lo que importa es el conjunto, que en si forma un sistema.

Primera trampa: adaptarse a la mayoría.

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Una de las mayores trampas en la que caemos es creer que hay que responder a lo que la mayoría demanda, confundiendo demanda, con necesidades. Claro que tenemos una serie de necesidades, cuya satisfacción es incluso un derecho al que no debemos renunciar.

Pero junto a estos, hay una serie de demandas, que unidas crean una cultura de  pensamiento plano. Me estoy refiriendo a la demanda de “seguridad”, “continuidad”, “control”, etc.

Estas demandas están, es cierto, en el inconsciente colectivo, pero si ponemos su satisfacción como algo prioritario, que es lo que hacen la mayoría de  los políticos, estamos condenando a nuestros ciudadanos a vivir en el conformismo, en cuanto que progreso implica todo lo contrario: incertidumbre, innovación, riesgo de fracaso, etc.

De aquí que sea una trampa adaptarnos, en lugar de poner los medios para que las personas salgan de una actitud conservadora. El argumento básico es “la gente no quiere…”, leer por ejemplo, o pensar, o complicarse la vida y entendemos por complicarse la vida, el que las personas vivan y decidan conscientemente.

Esto se nota, insisto en este punto,  fundamentalmente en los políticos. Como viven de votos, lo que hay que hacer es dar “a las personas lo que quieren”, es decir: pan y circo. No descubren nada, así ha sido a lo largo de la historia y así seguirá siendo.

Pero ¿puede la mediocridad, integrada en una masa anónima,  generar el cambio que precisamos?, ¿se puede transformar el mundo desde el pensamiento único y lineal?, ¿se puede innovar haciendo lo que la gente, masificada, no individualmente,  quiere y pide?

Usted sabe la respuesta: no.

La masa en si misma no inicia ningún cambio, nunca lo ha hecho,  lo inician líderes con una visión que trasladan al pueblo, una visión que tira de nosotros. Pero por definición la masa es conservadora.

Lo que no quiere decir idiota.

De aquí que surja un nuevo modelo de liderazgo: el liderazgo de servicio, o transformador. No se trata de que el líder diga lo que hay que hacer, todo lo contrario. Lo que hace este perfil de líder es profundizar en el alma de las personas, hasta detectar unas aspiraciones, que en la mayoría de las veces ni siquiera nosotros somos conscientes de ellas.

Adaptar nuestro mensaje a lo que la gente quiere, es renunciar al progreso. Si hubiese sido así siempre, hoy todavía estaríamos viviendo en cuevas y en taparrabos. No hay progreso si nuestro mensaje no altera, no hay progreso si nuestra visión del futuro no es lo suficientemente fuerte como para hacer que “la mayoría” decida dar el primer paso hacia la incertidumbre.

Responder a lo que la gente quiere, es negarles el derecho a su propio crecimiento. Esto es lo que justifica el liderazgo, nos guste o no. Un liderazgo que ve lo que nosotros no vemos, pese a que aspiramos a ello, un líder que profundiza en lo más hondo de las aspiraciones humanas y sabe interpretarlas, convirtiendo estas en acciones concretas, hacia un destino común.

Soy consciente de que este mensaje puede interpretarse de muchas formas, algún malintencionado me reprochará que yo estoy negándome a la democracia, bien, esto no es cierto. Me estoy basando en la historia, en la realidad que nos dice como se ha llegado a la democracia a lo largo de la historia. Nunca, nunca, desde la iniciativa de la mayoría.

Insisto: nos guste o no.

No podemos adaptarnos a la mayoría, que por definición es lineal. Tenemos que conseguir que cada persona, que es parte de esta mayoría se sienta un individuo en si mismo, y no porque forme parte de esta. Es decir: hacer de cada persona un líder en potencia.

Entonces, con seguridad, será al revés. La mayoría exigirá respuestas, no para sentirse tranquilos, sino para sentirse responsables de su propia vida.

Es el líder el que despierta nuestra chispa, somos nosotros los que encendemos la llama.

Segunda trampa: Hay que enfocarse en el corto plazo.

7e03f5aeabc86a8e8f54173726104644“Si no llego a fin de mes, ¿Cómo puedo soñar?”, “bastantes problemas tengo ya, como para crearme otros”, “todo esto está muy bien, pero para los que no tienen problemas”, etc. etc.

Es el resultado de la anterior, primero consigamos tener tranquilidad y luego nos ponemos a soñar. ¿Suena lógico, verdad?

Es difícil no caer en una trampa tan lógica. Pero es una trampa.

La realidad es totalmente opuesta. Solo cuando hay una visión que va más allá del corto plazo, se sale de él.

Solo cuando hay algo que tire de nosotros con más fuerza que los problemas que nos tienen atados al presente, superamos éste.

Solo cuando nos salimos de nuestra realidad, la cambiamos.

Si eres empresario sabes de sobra que es así. Como decía Peter Drucker, cuando se solucionan los problemas de la empresa, lo más que consigues es quedarte dónde estabas antes de tenerlos.

Pero no avanzas.

También pasa así con nuestras vidas. Cuando nos enfocamos en el corto plazo, siempre estamos en el corto plazo. Claro que el desafío es muy fuerte, resulta muy complicado visualizar un futuro cuando te van a cortar la luz, por ejemplo, o desahuciar.

Pero hay otra forma de ver la situación, quizás esto te ocurre porque siempre has estado enfocado en lo inmediato, porque cada vez que alguien te hablaba del futuro, tú rechazabas su visión porque era “poco realista”, “porque no era el momento”, o por mil razones más. Entre ellas la clásica de “tener los pies en el suelo”.

El corto plazo es como ese hoyo en el que muchos estamos metidos y del que sacamos paladas y paladas de tierra, hundiéndonos más en consecuencia. Solo cuando tenemos una visión del futuro que nos genere las fuerzas suficientes para luchar, superamos el corto plazo. Solo cuando tenemos el coraje de enfocarnos en el futuro, pese a la dolorosa realidad del presente, somos capaces de modificar este.

Es decir: cuando sacamos la tierra desde fuera del hoyo, cuando construimos nuestra realidad al margen de la que estamos viviendo.

De nuevo el papel del líder. Es este, o esta, quienes nos generan esta visión. Son estos los que sacan de nosotros lo mejor, los que nos hacen asumir la responsabilidad de crear nuestras propias vidas, y este acto de creación implica forzosamente ver mas allá de nuestras propias narices.

Tercera trampa: No hay que soñar.

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Es también la consecuencia del anterior, todas estas trampas están concatenadas.

“Los sueños no se cumplen”, nos suelen decir. Mi respuesta siempre es la misma:

Los únicos sueños que con seguridad no se cumplen, son los que no se tienen… los otros, puede que sí, o puede que no.

Una vida sin sueños, es una vida sin esperanza. Una vida muerta.

Cuando un ser humano se limita a sobrevivir, está asumiendo un suicidio espiritual, qué quizás no sea tan radical como el físico, pero es más doloroso.

Todo, absolutamente todo, lo que nos rodea y merece la pena, ha sido consecuencia de un sueño. Son los sueños los que nos hacen progresar, caminar, crear, construir un nuevo mundo.

Esto no es estar fuera de la realidad, lo contrario sí. Renunciar a soñar es renunciar a vivir, más todavía: es eliminar la principal característica del ser humano, me atrevería a decir: la única que nos hace humanos.

Porque somos la única especie en la tierra capaz de visualizar un futuro, capaz de crear en nosotros una visión de la vida que queremos crear. Renunciar a ello es renunciar a ser.

Refugiarnos en los problemas del presente para justificar nuestra incapacidad de soñar, no es solo cobarde, es dar la oportunidad a los explotadores de turno para que nos expriman a sus anchas, porque cuando se renuncia a soñar, nos estamos negando la posibilidad de tener una vida mejor.

Cuarta trampa: Llamar demagogia…

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… a todo lo que no podemos rebatir. Es algo clásico, cuando asumo que el argumento contrario está en lo cierto, pero no puedo aceptarlo, porque entonces entraría en mis propias contradicciones, o no tengo argumentos para rebatirlo, la solución es llamar “demagogo” al que los está exponiendo.

Pero el diccionario de la Real Academia Española, dice todo lo contrario al definir la “demagogia” como  “Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular”.

Realmente dudo que mis palabras estén halagando a alguien, todo lo contrario. Pero ya cuento con que algún lector, seguramente con la mejor voluntad del mundo, defina mis palabras como “demagogas”, demostrando con ello que ni siquiera conoce el significado de esta palabra.

No la hay, todo lo contrario. Estoy afirmando que la democracia se inicia a partir de la voluntad de una minoría, que con la fuerza de sus ideas ilusiona y moviliza a la gran mayoría.

Estoy afirmando que cuando se concentran las energías en el corto plazo, no salimos de él, porque no tenemos razones suficientes para sacar de nosotros las fuerzas necesarias para que sea así.

Estoy, también afirmando, que el soñar es la características que nos hace humanos, que tener un futuro que nos ilusione, que tire de nosotros, es el primer paso para crearlo.

¿Qué hay en estas palabras de demagogia?

No, me dirán algunos probablemente, pero son falsas. Son hipótesis falsas. Bueno, ya estamos avanzando, solo que desafío a este amable lector a que me demuestre un solo cambio en la historia de la humanidad que no se haya producido de la forma que estoy afirmando.

Ninguno. No lo hay. Me refiero a cambios sólidos y permanentes.

¿Entonces, cual es el problema?, si es tan evidente, ¿Cuál es el problema?

Sencillamente que caemos en las trampas que nos ponen otros, con una enorme capacidad de hacernos creer que es la única opción. Quizás esta sería una quinta trampa: encima vamos al matadero contentos.

Las trampas a las que hago referencia nos hacen quedarnos tranquilos, si caemos en ellas, cada una justifica nuestra pasividad, nuestro conformismo, nuestra renuncia a reivindicar nuestros derechos a medio y largo plazo. No los de a corto, que son los que alimentan la mayoría de los programas políticos de nuestros partidos.

Son instrumentos útiles para que el capitalismo/depredador siga a sus anchas, más o menos como en la época de los emperadores romanos: nos dan pan (quizás dos coches, o una segunda casa, o ciertos beneficios sociales, cuyos derechos nos hemos ganado, pero que, como una maquiavélica maniobra, al ponerlos en duda, hacen que nuestras energías se enfoquen en esta dirección, olvidándonos de construir un futuro)

Y nos dan circo (esta vez a través de los programas basura de los diferentes medios, o mediante noticias que nos hacen olvidarnos de nuestras responsabilidades para construir nuestras propias vidas, etc.)

Y así todo sigue igual, ¿Qué podemos hacer nosotros, tan poquita cosa como somos?

Me da terror la respuesta. Sin embargo hay otra: todo, todo está bajo nuestra responsabilidad, podemos construir la vida que soñamos, podemos crear el mundo con el que soñamos, solo hace falta para ello que tengamos el coraje de asumir el desafío de construir nuestras propias vidas individuales, y que las sumemos a los millones de vidas individuales de nuestros conciudadanos.

Entonces sí, entonces es cuando descubriremos que la vida merece la pena ser vivida. Y especialmente, merece la pena ser construida por nosotros mismos, sin delegar en nadie esta responsabilidad.

Esto es el ser libres. Esto es la libertad.